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Cannes, un festival que navega entre la corrección política y la escasa participación artística

Estamos en pleno Festival de Cannes: empezó el miércoles, terminará el próximo sábado próximo y los medios internacionales hablarán de las justicias o injusticias del palmarés anual. Quizá...

Estamos en pleno Festival de Cannes: empezó el miércoles, terminará el próximo sábado próximo y los medios internacionales hablarán de las justicias o injusticias del palmarés anual. Quizás el próximo año, cuando cumpla su edición 80 y por fetichismo decimal, tendrá más luces sobre sí. Será una edición excepcional por el número.

Pero esta edición 79, digamos “estándar”, sirve para que veamos con absoluta precisión qué pasa en el mundo del cine. Complementa lo que nos dicen los Oscar. Este año, las estatuitas hollywoodenses mostraron que había que unir el gran espectáculo de pantallas enormes con discursos “sobre el mundo”, transformar cierta forma de la política (tomando el peligroso término de manera bastante lábil) en algo disfrutable, con estrellas, suspenso y grandes escenas. Eso fueron los premios a Pecadores y a Una batalla tras otra. El Cannes de hoy complementa: el cine alejado de esos parámetros queda como otra liga o, peor, un deporte diferente que se juega en otra cancha. Ah, sí: y también cercado por (una manera bastante lábil) de la política.

Si vemos las reseñas de los films que se proyectan diariamente encontramos tres constantes: cero sorpresas, que hay una nueva guardia de directores, y que Hollywood decidió prescindir de sus servicios. En el segundo caso, tenemos que pensar que el delegado de Cannes -es decir, el verdadero factótum-, Thierry Frémaux, es una especie de DT de Selección: los directores que van a por la Palma de Oro forman un conjunto compacto, más o menos fluctuante año a año pero que tiene nombres más o menos fijos. Si hace veinte o incluso diez años esos nombres eran Von Trier, los hermanos Dardenne, Ken Loach, Takeshi Kitano, Pedro Almodóvar (que nunca, jamás logró la Palma que tanto desea), Apitchapong Weerasetakhul (que sí se la llevó) o Abbas Kiarostami, hoy son Rodrigo Sorogoyen, Pawel Pawlikowski, Ryusuke Hamaguchi o Léa Mysius.

Sí, también este año, tras darse una vueltita por el rival Venecia, está Almodóvar (quizás consiga la Palma, después de todo, con Amarga Navidad). Es decir, hay un cambio de guardia. Pero en todo caso son realizadores consagrados en el circuito de festivales y en aquello que se llamaba “Arte y ensayo”. Muy probablemente, estas películas no las veremos en pantalla grande sino directamente en (alguna) plataforma.

Y este año no hay “tanques” en funciones especiales fuera de competencia, como en años anteriores. Ni una Misión: Imposible, ni una Indiana Jones, ni una Star Wars, ni una Toy Story (y Toy Story 5 estaba lista). Solo, como objeto de culto y porque cumple 25 años, la primera Rápido y furioso, una manera casi condescendiente de decir que el cine es mucho más que los autores instantáneos. ¿Por qué no hay estos eventos? Simplemente porque los grandes estudios de Hollywood no necesitan la validación de Cannes y llevar estrellas a hoteles cinco ídem, pagar el marketing y la función de gala, y el largo y agotador etcétera que implica “lanzar” una película en el festival no se justifica. Si tiene buenas críticas, no mejorará necesariamente la recaudación. Pero si las críticas son malas, daña al producto antes de su estreno. Por lo demás, hay una tensión irresuelta con el gigante del streaming Netflix y, por consiguiente, con todo el sector.

Quizás lo recuerden: en 2017, Pedro Almodóvar, entonces presidente del jurado (de paso, el motivo por el cual Zama, de Lucrecia Martel, no pudo competir por la Palma, dado que el hombre era productor y decidió aceptar el honor de la presidencia cannoise) dijo en la primera conferencia de prensa de aquel cuerpo que no iban a premiarse películas que iban directo a las plataformas. Un papelón, sobre todo porque Netflix tenía entonces en la Competencia Oficial Okja, de Bong Jon-Hoo (ganador luego de la Palma de Oro y el Oscar por Parasite) y Los Meyerowitz, de Noah Baumbach. Aquella tensión permaneció, Netflix se retiró de la competencia (aunque ha comprado películas premiadas por Cannes para su plataforma en una estrategia bastante más inteligente) y le quitó al Festival ese punto de encuentro entre el arte autoral y lo masivo. Después de todo, la plataforma estrena al mismo tiempo en todo el mundo, algo que el cine en salas, salvo en el caso de los tanques, no hace porque depende de los negocios de distribución, complejos y parciales que se realizan en los mercados, por ejemplo el de Cannes.

Mientras tanto, están las películas. La Selección Oficial es menos el lugar donde los mejores muestran lo último que hicieron (como lo fue cuando Hitchcock o Buñuel presentaban sus films) que la vidriera para el cine no necesariamente masivo o industrial. Que luego se adquiere para lanzamientos internacionales acotados y, finalmente, para su estacionamiento sine die en plataformas. En muchos casos, Cannes es la única ocasión para que el crítico internacional vea estas películas en pantalla grande.

Pero esto implica que el divorcio entre el espectáculo cinematográfico y el “discurso autoral” es un hecho consumado. Es curioso que, en los años sesenta y setenta, cuando la sobre intelectualización alrededor del cine pedía que el espectador fuera formado y viera más cine de autor y menos “espectáculo de Hollywood”, el cine en sí, las películas, hicieran caso omiso a tal idea y que hoy, cuando como se dijo los Oscar parecen indicar una confluencia entre autorismo y espectáculo, los festivales muestren lo contrario. Especialmente Cannes. Muchos se preguntan por qué no hubo, por ejemplo, una exhibición de La Odisea, película central en la temporada, que sería ese “punto de encuentro”: autor importante, gran literatura, espectáculo inmersivo. No, tampoco eso, aunque el film está terminado y podía proyectarse. Pero es evidente que los productores no consideraron que el gasto valiera la pena.

Y por otro lado, el antecedente de epidérmica rabia política de millonarias estrellas en el pasado Berlín, donde casi linchan mediáticamente a Wim Wenders por establecer su parecer respecto de qué es un ámbito político y uno artístico (y jamás dijo que el arte no debía ser político), generó mucha desconfianza en Cannes como evento. Que Frémaux desactivara la cuestión en la conferencia de prensa previa a la apertura, evento tradicional, fue lo de menos: ningún estudio de Hollywood quiere mostrar sus grandes espectáculos en un contexto donde se exige carnet a favor o en contra de algo antes de mostrar un film. No es culpa de Cannes necesariamente, pero muestra, también, la ruptura del sistema: Hollywood por un lado; festivales, por el otro.

Así las cosas, si Cannes fue hasta no hace demasiado una ventana a lo que venía en los cines, hoy es la ocasión de atisbar un paisaje extraterrestre, cada vez más ajeno del espectador no especializado, y con mucho menos peso estético del que -vean los nombres mencionados al principio- tuvo incluso en las primeras décadas del actual siglo. Hoy es un reflejo de la separación entre experiencia inmersiva en salas gigantes y atención individual en la pantalla del living streaming mediante, aunque el futuro sigue abierto.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/cannes-un-festival-que-navega-entre-la-correccion-politica-y-la-escasa-participacion-artistica-nid17052026/

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